VIDA Y ESPERANZA DE UN INSIGNIFICANTE GUSANITO (Aurelio Fernández Diz)

Aurelio Fernández Diz es un amigo y compañero de mi padre. Él conoce bien esta enfermedad del cáncer porque alguien suyo, muy cercano, la sufre. Con enorme sensibilidad y cariño me ha dedicado este cuento que, lleno de emoción, me ha hecho recapacitar. He creído que compartirlo con todos vosotros sería compartir un sentimiento que puede ayudar a muchos. Por eso lo hago y además como agradecimiento a Aurelio. Disfrutadlo.

 

Dedicado con todo mí afecto a ALEJANDRA DÁVILA

por si pudiese encontrar en este pequeño relato

alguna respuesta a las inquietudes que, a veces,

y en contra de nuestra voluntad,

anidan en nuestro corazón, en nuestra alma.

 

 

VIDA Y ESPERANZA DE UN INSIGNIFICANTE GUSANITO

 

Lo que a continuación escribo tiene su fundamento en una experiencia real, vivida por mí,  en el domicilio de unos amigos, Angelita y Jose Mª, situado en pleno campo de Cartagena, en el Jimenado, muy cerca  de Torre Pacheco y muy cerca del mar Mediterráneo, ese mar en el que puede percibirse  una  luz especial y exclusiva que es imposible de olvidar. En ese lugar, en una tarde de primavera, pude ser testigo, hace ya algunos años, de un pequeño suceso que, por su aparente intrascendencia,  hubiera pasado desapercibido para cualquiera pero, sin saber por qué, el caso es que  para mí aquel mini acontecimiento  se tradujo en una continua fuente de reflexión sobre la relación entre la vida y la muerte, relación  desconcertante para todos nosotros, incluidos en el grupo de los seres vivientes.image002

 

 

Estábamos todos sentados en una terraza cubierta por un añoso jazmín que daba sombra a toda la entrada de la casa. De repente, mientras otros hablaban, advierto a mi lado, a la altura de mi cabeza y  a menos de un metro,   un pequeño gusanito que se afanaba por subir por un hilo de seda que sin duda el mismo había generado. A juzgar por la rapidez de sus movimientos parecía que el gusanito tenía como  mucha prisa por regresar al jazmín del que seguramente  había salido en algún momento anterior.  Para progresar en su camino de ascenso, el gusanito, parecía fijarse  al hilo de seda con su  boca, mientras  se afanaba, una y otra vez, en  curvarse  sobre sí mismo y estirarse a continuación apoyándose en el hilo solo con  su extremo inferior. Este movimiento lo hacía a una velocidad  excesiva, me parecía a mí, teniendo en cuenta  su dificultad y la fragilidad del hilo que servía de sustento al gusanito que   tendría unos tres milímetros de diámetro y unos tres centímetros de longitud y era de color blanco. Para hacernos una idea de su verdadero tamaño solo decir que, en su posición de curvado, sería aproximadamente igual a  una moneda de cinco céntimos.  El gusanito era efectivamente pequeño, casi insignificante, pero disponía de un gran capital, de un  tesoro: su vida.

 

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Gusano de la ruda. Mariposa en la que se convierte

Repentinamente algo sale mal. El gusanito cae al suelo. Y así como hacen los submarinos cuando quieren evadirse de los barcos de superficie que lo están atacando, eligió un  rumbo de todos los que tenía disponibles en los 360º de su horizonte, en el suelo de la terraza, y empezó a correr a toda prisa, siempre en la misma dirección, para salir de la peligrosa situación en la que el mismo parecía advertir  que se encontraba. Estaba yo absorto y un tanto desconcertado por lo que tan cerca de mi estaba sucediendo, con las idas y venidas de nuestro personaje cuando ,de un modo completamente imprevisto ,uno de los reunidos se levantó de su asiento para entrar en la casa  y, antes de que yo pudiese hacer nada, puso su gigantesco pie sobre mi amigo, el afanado gusanito, que, sin saber por qué y de un modo repentino, sintió, según dicen que uno siente cuando  tiene la desgracia de ser  aplastado: un calor horrible, abrasador, seguido inmediatamente de un  frio congelante, todo ello  en un instante  antes de no sentir nada, antes del inevitable gran apagón en la vida de nuestro diminuto personaje.

El gusanito sin duda no llegó a pensar ni llegó a comprender, porque los gusanitos, que se sepa, no piensan, qué le había sucedido. Pero si lo hiciese, probablemente no aceptase de buen grado un tránsito tan rápido, tan inexorable  entre el existir y el dejar de hacerlo. Aun dentro de sus limitaciones el gusanito tendría motivos suficientes  para preguntarse: “¿Qué he hecho yo? ¿Qué  gana la naturaleza con mi repentina muerte cuando aún no había transcurrido ni la mitad de mi vida? ¿Para eso me fue dada, para eso me fue concedida la vida después de 14.700 millones de años desde el origen de un  Universo al que sin duda pertenecía, aunque fuese de un modo humilde e insignificante? Al final de todo ni siquiera he tenido tiempo para convertirme en mariposa y dejarme atraer por las flores en las que hubiera podido dejar una numerosa descendencia que diera sentido a mi vida, ya de por si corta por  propia naturaleza. Ni eso me ha sido concedido. Hay algo que me parece injusto en este desenlace, en este final trágico de mi sencilla vida”.

Y, al instante me pareció oír una voz que decía:

Querido gusanito, no te lamentes. Yo soy el creador  de la vida. Mejor dicho yo soy la vida misma. La vida, tal como la conocen todos los seres vivientes,  se desarrolla dentro de mí. La vida es la mejor prueba, y probablemente la única, que tienen todos los seres vivientes  de mi existencia. Yo pensé en la vida  y automáticamente la vida se creó. Y, por todo ello, la vida no se puede destruir sin que yo expresamente lo desee. Solo pasarán a la nada los humanos que, con la libertad que les he concedido, se rebelen contra mí,  y no cumplan mi voluntad, con soberbia, altanería  y reiterada obstinación. Por eso, todo lo que propicie la vida es visto por mí con  buenos ojos. Con ojos que estimulan mi perdón, mi misericordia, mi agradecimiento. Los que ayudan a los demás, a los más pobres y necesitados,  a llevar una vida digna, o los que dan su vida por ellos, los consideraré santos y como tales serán recompensados. Pero otra cosa sucederá con los que maten o simplemente  les quitan a los demás los recursos necesarios para  vivir con dignidad. O los que no respeten como se debe a la naturaleza en la que viven, o despilfarren sus recursos solo para enriquecerse de un modo egoísta  con algo que a todos pertenece. Este es el fundamento principal de mis mandamientos. Todos los seres vivientes que cumplan y acepten sin reparo alguno mi voluntad, pasarán a formar parte de mi paraíso, en una dimensión superior, de una forma trascendente y gloriosa. Una dimensión  en la que serán  completamente felices   porque vivirán dentro de mí compartiendo mi existencia y conocimiento, sin tiempo, en una forma de presente continúo. Los bebes humanos abortados en el seno de sus madres, o a medio nacer, cualquiera que sea la causa por la que pierdan su incipiente vida, serán los ángeles más hermosos y preferidos por todos en mi paraíso. Los ñus devorados por las hienas nada más nacer  también vivirán felices en inmensas praderas sin temor alguno a las hienas que ya no necesitarán matar para vivir. Y  todas las flores que han existido, aunque sea brevemente, incluidas las más modestas y hermosas  que dan testimonio de mi al borde de los caminos, formarán parte de los jardines de mi paraíso en donde no faltarán  todos los árboles, en su imagen más hermosa, y  de un modo especial aquellos magníficos e inigualables arboles  que sucumbieron al final de cientos de años de vida en la tierra. Y también estarán presentes las montañas  y los ríos y la nieve y  el mar para formar un ambiente, un paisaje acorde con la felicidad que sentirán todos los seres vivientes envueltos en una luz, cálida  y sublime, similar la que se puede percibir,  al atardecer, en la orilla  del mar que se llama Mediterráneo.

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Y en cuanto a ti, noble y leal gusanito, quiero destacar  que nunca te has atrevido a increparme por no haberte dotado de  brazos y patas que te permitieran vivir erguido y correr, como la mayoría de los seres vivientes. Para mí no eres pequeño o insignificante. Atendiendo a tu ADN, compartido en un 90 % con el género humano, tu curiosidad te llevó a  sobrepasar tu  horizonte habitual, para conocer, explorar y posiblemente tratar de encontrar un lugar en el que vivir mejor que en el  precioso jazmín en el que yo te coloqué al nacer, a la entrada de la vivienda de la señora Angelita. Este fue tu único e involuntario error. Cuando comprobaste que estabas bien en donde estabas y quisiste regresar, precipitadamente, al lugar que nunca debías haber abandonado perdiste la vida, que yo  te había concedido, de una forma dramática e inesperada. Esto fue lo que pasó con tu vida, querido gusanito.

La señora Angelita  vive ahora aquí, a mi lado, en una morada especial que preparé para ella y que mereció por cumplir siempre mi voluntad con gran generosidad y entusiasmo, voluntad que conocía perfectamente por su actitud de escucha permanente de la voz con la que me dirijo al alma de las personas. De natural noble y valiente, supo dar testimonio de mí ante obispos y sacerdotes que se decían mis representantes. Y aún ahora, cuando advierte que yo puedo enfadarme  o sentirme molesto con alguno de los humanos que no cumplen mis designios  ella siempre interviene recordándome mi infinita misericordia, igual que mi madre lo hace. Estoy muy contento con ella. La señora Angelita cuando vivía en la tierra  compartía su fe de un modo especial con su amiga Carmen que todavía no está aquí conmigo. La comunión espiritual en la que vivían les producía una gran felicidad cuando coincidían y, juntas, rezaban o escuchaban mi palabra.  Cuando llegue el momento pondré a la señora Carmen en otra morada también especial, justo al lado de su hermana en la fe, para que ambas  sean aún más  felices, si cabe, con solo  percibir su mutua y  cercana  presencia.

La  morada de la señora Angelita  está ahora  presidida por otro jazmín,  el más hermoso y mejor perfumado  que nadie haya podido imaginar. Esa será tu nueva morada, querido gusanito, en la que vivirás para siempre feliz, sin sentir temor ni carencia alguna. Porque tú también fuiste conmigo noble, leal  y valiente. Y como en su día te conformaste con lo poco ahora lo recibirás todo.

Aurelio Fernández Diz

CN(R)

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